Monsanto, entre la apropiación indebida y la publicidad engañosa

2012-09-18

La transnacional podría encontrar en Brasil un límite hasta ahora impensado: cinco millones de productores de soja le reclaman una fortuna por “apropiación indebida” de regalías.

En juego están unos 7.500 millones de dólares que los sembradores de soja de todo tamaño (pequeños, medianos y grandes), podrían cobrar de manos de la mayor empresa de agroquímicos del planeta.

En abril pasado, un juez de primera instancia de Rio Grande do Sul, Giovanni Conti, que entendía en un pleito presentado tres años antes por productores sojeros de ese estado, ordenó a la transnacional estadounidense dejar de cobrar regalías por la patente que detenta sobre una semilla de soja transgénica.

La patente, falló el magistrado, estaba vencida desde 2003. Conti intimó entonces a la empresa no solo a dejar de percibir el canon correspondiente (2 por ciento de la producción generada a partir de esa semilla) sino a devolver el dinero recaudado desde 2004, es decir unos 2.000 millones de dólares.

La transnacional apeló, pero a mediados de junio la Suprema Corte de Justicia de Brasil extendió la validez del fallo del tribunal riograndense a todo el territorio nacional.

Si la resolución de abril quedara firme, Monsanto debería pagar a los cinco millones de productores brasileños de soja –ya no únicamente a los miles de Rio Grande- unos 7.500 millones de dólares.

Todavía se está lejos de una resolución definitiva –se estima que antes de fines de 2013 no habrá novedades- pero la transnacional, que figura en la lista de las más resistidas y boicoteadas por los pequeños y medianos agricultores de todo el planeta, podría llegar a conocer un revés que jamás soñó.

De demandante a demandada

Habitualmente sucede a la inversa: es Monsanto la que denuncia a los agricultores ante la justicia para cobrar las regalías sobre los paquetes tecnológicos que les vende.

“Cuando no gana, presiona, chantajea, atemoriza, pero es raro que no termine saliéndose con la suya, porque allí donde se instala acaba montando un circuito redondo del que es difícil que alguien pueda salir”, dice Marie Monique Robin, una periodista francesa “especializada” en esta transnacional y autora de investigaciones como “El mundo según Monsanto”.

La historia de la transnacional en Brasil es, acaso, curiosa. Su soja genéticamente modificada, que comenzó a producir en los primeros años noventa en Estados Unidos, ingresó al país de contrabando desde Argentina hacia finales de esa década.

Durante varios años las semillas transgénicas de la oleaginosa estuvieron prohibidas en Brasil, pero no hubo esfuerzo que las frenara.

En 2005, el gobierno del presidente Lula da Silva legalizó el cultivo, según alegó porque no podía combatir el hecho consumado de su imposición, y después destinó millones y millones de dólares a desarrollarlo. A tal punto, que Brasil es hoy el segundo productor y exportador mundial de soja transgénica, que 17 de los 25 estados del país están sembrados con ella y que la famosa hojita verde de laboratorio genera el 26 por ciento de las exportaciones agropecuarias brasileñas.

La soja Roundup Ready (RR), genéticamente modificada para resistir al herbicida Roundup, fabricado por la propia transnacional, ocupa casi el 90 por ciento de los 25 millones de hectáreas de territorio brasileño sembradas con la oleaginosa.

Por usar esa semilla patentada, los productores brasileños deben pagarle un 2 por ciento de su cosecha anual en royalties al comprarla, y otro 2 por ciento cuando venden su cosecha.

“La ley prevé el derecho de los productores de multiplicar las semillas que compran, y en ninguna parte del mundo se cobra con la producción final. Los productores están pagando un impuesto privado sobre la producción”, comentó una de las abogadas de los productores demandantes, Jane Berwanger.

Paradójicamente, Monsanto no debe hacer frente esta vez en Brasil a ninguno de sus oponentes tradicionales (agricultores familiares, productores de otros rubros, sindicatos, grupos ambientalistas, movimientos sociales, comunidades nativas) sino a quienes son objetivamente sus aliados, los productores sojeros que han incorporado sin mayor drama una tecnología que multiplica sus ganancias.

“No hay como Monsanto para esquilmar”, decía recientemente la francesa Robin.

Más allá de esta situación, no se escucha entre los sojeros reclamos por los daños sanitarios y ambientales generados por los productos que Monsanto elabora y ellos utilizan, o por el desplazamiento hacia las periferias urbanas de decenas de miles de campesinos expulsados por el avance de la soja, o por la amenaza que la oleaginosa representa para el Cerrado, un área de 2 millones de quilómetros cuadrados que concentra el 5 por ciento de la biodiversidad mundial.

Aun así, dijo un productor lechero de una pequeña localidad de Rio Grande, “toda dificultad de Monsanto hay que celebrarla”. Máxime cuando no es la única que la transnacional enfrenta en Brasil, y en especial en ese estado del sur del país.

A fines de agosto, un tribunal de segunda instancia de la ciudad de Porto Alegre condenó a la empresa a pagar al Estado 500.000 reales (unos 250.000 dólares) por una “publicidad engañosa” sobre la soja transgénica.

El aviso, de 2004, promovía las “bondades” del producto de laboratorio cuando éste todavía estaba prohibido en Brasil.

Monsanto “enalteció un producto cuya venta estaba prohibida y no aclaró que sus pretendidos beneficios son muy cuestionados en el medio científico”, dice el fallo del juez instructor del caso, Jorge Antonio Maurique.

Si la sentencia es ratificada, Monsanto deberá pagar el cuarto de millón de dólares y además difundir una publicidad en la que consten los efectos negativos de los productos con los que modifica las semillas de soja.

Fuente: Rel-UITA

Daniel Gatti – Rel-UITA
http://nicaraguaymasespanol.blogspot.com/2012/09/brasil-monsanto-entre-la-apropiacion.html
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A nova economia política brasileira

04 de Maio de 2012

Na década atual, a generalizada melhoria do quadro social se deve à combinação de importantes fatores: estabilidade monetária, expansão econômica, reforço das políticas públicas, elevação do salário mínimo, ampliação do crédito popular, reformulação e alargamento dos programas de transferência de renda, entre outros

por Marcio Pochmann

O Brasil não tem arraigada tradição democrática. Ao longo de mais de cinco séculos de história, o país mal registra cinquenta anos de democracia. Isso porque a herança política do Império (1822-1889) à República Velha (1889-1930) foi o prolongamento do antigo e carcomido regime da democracia censitária, em que votavam e eram votados tão somente homens de posse, o que significou a participação de não mais do que 5% do total da população nos períodos eleitorais.

Desde 1932, com a introdução do voto secreto e sua ampliação para homens e mulheres, a experiência democrática não foi contínua, tendo em vista que passou por duas interrupções abruptas durante o Estado Novo (1937-1945) e a ditadura militar (1964-1985). Por força disso, a economia política brasileira se fundamentou na apartação dos interesses das classes populares do conjunto dos objetivos da expansão das forças produtivas.

Ao mesmo tempo, as tradicionais reformas clássicas do capitalismo contemporâneo, realizadas em praticamente todos os países desenvolvidos, como a fundiária, a tributária e a social, deixaram simplesmente de ser efetivadas. Num país de dimensão continental e grande população, a estrutura produtiva manteve sua dinâmica prisioneira, sobretudo, daqueles segmentos sociais de maior poder aquisitivo e mais privilegiados pela atuação do Estado.

Assim, a economia política do desenvolvimento assentou-se na máxima de primeiro crescer para depois distribuir. E o crescimento econômico possível se tornou associado à concentração da renda e poder, o que concedeu ao Estado o papel policial a ser exercido sempre que o desconforto das classes populares começasse a ser mobilizado.

O resultado foi uma enorme exclusão social, cujos indicadores de pobreza e desigualdade tornaram o Brasil uma referência mundial do exemplo a não ser seguido. Em 1980, por exemplo, a economia nacional encontrava-se entre as oito mais importantes do planeta, embora registrasse o primeiro lugar no ranking mundial da desigualdade de renda, com dois terços de sua população na condição de pobreza absoluta.

Para piorar, as duas décadas seguintes (1980 e 1990) foram de regressão social e econômica em razão da substituição das velhas políticas desenvolvimentistas pela hegemonia neoliberal. Por força disso, o país regrediu, em 2000, ao posto de 13ª economia do mundo, com o rendimento dos proprietários (lucros, juros, aluguéis e renda da terra) respondendo por 68% da renda nacional (ante 50% em 1980) e o desemprego atingindo quase 12 milhões de trabalhadores (contra menos de 2 milhões em 1980).

Atualmente, percebe-se que foi a grande política que salvou o Brasil da pequenez do destino imposto pelo neoliberalismo, assim como impediu o retorno das políticas do desenvolvimentismo tradicional.

O vigor da marcha reestruturadora das políticas públicas encadeadas pela Constituição Federal de 1988 deu o primeiro impulso, seguido depois da estruturação vertical dos grandes eixos de intervenção do Estado no campo da proteção e do desenvolvimento social (saúde, educação, assistência e previdência, infraestrutura social, trabalho, entre outros). O país avançou no sentido já experimentado pelas economias desenvolvidas, de construção do Estado de bem-estar social.

Mesmo durante o longo período da superinflação (1980-1994) e a prevalência do baixo dinamismo econômico e contenção fiscal na década de 1990, a regulamentação de diversas políticas públicas no campo da assistência e previdência contribuiu para evitar que o contexto social desfavorável apresentasse ainda maior regressão, para além do crescimento do desemprego e a piora na distribuição funcional da renda.

Posteriormente, com a inflexão da política nacional na primeira década do século XXI, a nova economia política ganhou dimensão até então inédita e contribuiu decisivamente para a melhora socioeconômica generalizada no país.

As evidências do processo de expansão do bem-estar são expressão do padrão de inclusão possibilitado pela ampliação do consumo. De um lado, o enfrentamento da pobreza extrema, com o acesso à renda mínima garantindo a sobrevivência, e de outro a atuação na pobreza absoluta, por meio da complementação da renda para o consumo básico (alimentação, habitação, transporte, entre outros).

O processo atual de inclusão social é um avanço no contexto do capitalismo contemporâneo, enunciando o conjunto de méritos da nova economia política brasileira. Nesse sentido, o enfrentamento das necessidades básicas de todos, sobretudo das classes populares, gera inquestionáveis melhoras nos indicadores de redução da pobreza e da desigualdade de renda.

Assim, o movimento de inclusão social, por meio da ampliação do nível de renda na base da pirâmide social que tradicionalmente era excluída do acesso aos meios básicos de vida, segue cada vez mais a reorientação do Estado, que busca a universalização dos serviços públicos de qualidade (educação, saúde, saneamento, moradia, entre outros). Isso pode, inclusive, fazer a pobreza extrema ser superada, assim como o analfabetismo e outros estrangulamentos do desenvolvimento humano, nesta segunda década do século XXI.

Da exclusão à inclusão social

Grande parte dos avanços atualmente alcançados pelo Brasil no campo do enfrentamento da questão social está, direta e indiretamente, associada ao conjunto das políticas públicas motivadas pela Constituição Federal de 1988.

A consolidação de grandes e complexas estruturas verticais de intervenção do Estado de bem-estar social (saúde, educação, assistência e previdência, infraestrutura social, trabalho, entre outros) possibilitou obter resultados positivos no Brasil mais rapidamente e na mesma direção dos já alcançados pelos países desenvolvidos.

Mas para isso foi necessário avançar o gasto social. No último ano do regime militar (1985), o gasto social realizado no Brasil representava apenas 13,3% do PIB. Com a Constituição, ele aumentou para 19%, permanecendo estacionado nesse mesmo patamar ao longo da década neoliberal.

A partir dos anos 2000, o gasto social retomou a trajetória ascensional, alcançando atualmente 23% do PIB. Isso se tornou possível após o estabelecimento de uma nova maioria política, comprometida com o crescimento da economia e com a melhor distribuição das oportunidades desde 2003.

Em boa medida, os avanços sociais podem ser observados na tabela desta página, que apresenta sinteticamente os seis grandes complexos de intervenção social do Estado, bem como o contingente da população coberta pelas diversas políticas sociais. Essa estrutura do Estado brasileiro que se encontra voltada à atenção social não se distancia da registrada nas economias avançadas.

Para além da montagem dos grandes eixos estruturadores da intervenção social do Estado brasileiro e a expansão do gasto social em relação ao PIB, convém destacar dois fatores decisivos nas políticas públicas após a Constituição de 1988.

O primeiro resulta do movimento de descentralização da política social, isto é, do crescimento do papel do município na execução das políticas sociais, sobretudo em termos de educação, saúde e assistência social.

Em 2008, por exemplo, o conjunto dos municípios teve participação no gasto social brasileiro 53,8% maior que o verificado em 1980.

Em sentido inverso, a participação relativa dos estados no total do gasto social foi 7,6% inferior no mesmo período de tempo, ao mesmo tempo que a União registrou presença 5,9% menor.

O segundo fator relaciona-se à participação social no desenho e na gestão das políticas sociais brasileiras. De maneira geral, todas as principais políticas sociais possuem conselhos de participação social federal, estadual e municipal, quando não são acompanhadas por conferências populares que evidenciam a maior transparência e eficácia na aplicação dos recursos públicos.

A sucessiva regulação das diversas políticas públicas ao longo da década de 1990 teve o importante papel de impedir o maior agravamento do quadro social, para além do crescimento do desemprego e da concentração da distribuição funcional da renda nacional, motivados pelo baixo dinamismo econômico do período, assim como os constrangimentos impostos pela superinflação até 1994 e pela política macroeconômica de estabilização monetária (elevados juros, valorização cambial, contenção fiscal e ajustes no gasto social), que terminou por inibir a melhora dos resultados sociais no Brasil.

Na década atual, a generalizada melhoria do quadro social no Brasil se deve à combinação de importantes fatores: a continuidade da estabilidade monetária, a maior expansão econômica, o reforço das políticas públicas, a elevação real do salário mínimo, a ampliação do crédito popular, a reformulação e o alargamento dos programas de transferência de renda para os estratos de menor renda, entre outras ações.

Emergência da economia social

Como se sabe, o ciclo de expansão produtivo entre as décadas de 1930 e 1980 atribuiu à economia social um papel secundário e subordinado às decisões referentes a gastos privados e públicos. Como já dito, imperava até então a máxima de crescer para depois distribuir, o que abriu um espaço em geral estreito para o avanço e autonomia relativa do gasto social no desempenho de suas funções.

Basta lembrar que a escola brasileira somente se tornou universal um século após a proclamação da República (1889). Somente em 1988, com a Constituição, o Brasil definiu recursos necessários para que o ensino fundamental se tornasse capaz de atender a todas as crianças do país.

Com a nova maioria política estabelecida desde 2003, percebe-se o avanço do gasto social. De cada R$ 4 investidos no Brasil, um está vinculado diretamente à economia social. Se for contabilizado também seu efeito multiplicador (elasticidade de 0,8), pode-se estimar que quase a metade de toda a produção de riqueza nacional se encontra relacionada direta e indiretamente à dinâmica da economia social.

Apesar disso, o impacto econômico do Estado de bem-estar social não tem sido muito bem percebido. Tanto que se mantém reinante a visão liberal-conservadora que considera o gasto social secundário, quase sempre associado ao paternalismo de governantes e, por isso, passível de corte.

Novas referências técnicas têm lançado luzes sobre a emergência da economia social no país. Quase um quinto das transferências monetárias derivadas das políticas previdenciárias e assistenciais da seguridade social brasileira são fontes de rendimento familiar. Antes da Constituição de 1988, as famílias não chegavam a deter, em média, 10% de seus rendimentos provenientes das transferências monetárias.

Os segmentos de menor rendimento foram os mais beneficiados pela constituição do Estado de bem-estar social. Em 2008, a base da pirâmide social (10% mais pobres) tinha 25% de seu rendimento dependente das transferências monetárias, enquanto em 1978 ele era somente de 7% − uma elevação de 3,6 vezes. No topo da mesma pirâmide social (10% mais ricos), as transferências monetárias respondiam, em 2008, por 18% do rendimento per capitados domicílios, ante 8% em 1978. Ou seja, um aumento de 2,2 vezes.

Em 1978, somente 8,3% dos domicílios cujo rendimento per capitadas famílias se situava no menor decil da distribuição de renda recebiam transferências monetárias. Já no maior decil, as transferências monetárias alcançavam 24,4% dos domicílios. Quarenta anos depois, 58,3% das famílias na base da pirâmide social recebem transferências monetárias, assim como 40,8% do total dos domicílios mais ricos do país. Aumento de sete vezes nas famílias de baixa renda e de 1,7 vez nas famílias de maior rendimento.

É muito significativo o impacto das transferências previdenciárias e assistenciais sobre a pobreza. Sem elas, o Brasil teria, em 2008, 40,5 milhões de pessoas recebendo um rendimento de até 25% do salário mínimo nacional. Com a complementação de renda pelas transferências, o Brasil registra 18,7 milhões de pessoas com até um quarto de salário mínimo mensal.

Resumidamente, são 21,8 milhões de pessoas que conseguem ultrapassar a linha de pobreza extrema (até 25% do salário mínimo per capita). Em 1978, as políticas de transferência monetária impactavam somente 4,9 milhões de pessoas.

Com a emergência da economia social, o impacto das transferências monetárias nas unidades da federação é diferenciado. Observa-se maior peso das transferências no rendimento médio das famílias nos estados nordestinos, como Piauí (31,2%), Paraíba (27,5%) e Pernambuco (25,7%), bem acima da média nacional (19,3%). Até aí, nada muito destoante do senso comum, salvo pela constatação de o Rio de Janeiro ser o quarto estado da federação com maior presença das transferências no rendimento das famílias (25,5%) e o estado de São Paulo receber abaixo da média nacional (16,4%).

Já as famílias pertencentes aos estados mais ricos da federação absorvem a maior parte do fundo público comprometido com as transferências monetárias. Assim, a região Sudeste incorpora 50% do total dos recursos anualmente comprometidos com as transferências previdenciárias e assistenciais da seguridade social, ficando São Paulo com 23,5% do total, seguido do Rio de Janeiro (13,7%) e Minas Gerais (10,9%).

A economia social sustenta hoje parcela significativa do comportamento geral da demanda agregada nacional, além de garantir a considerável elevação do padrão de vida dos brasileiros, sobretudo daqueles situados na base da pirâmide social, o que corresponde aos compromissos da nova economia política brasileira. A descoberta dessas novidades no interior da dinâmica econômica brasileira atual impõe reavaliar a eficácia dos velhos pressupostos da política macroeconômica tradicional.

Marcio Pochmann é professor licenciado do Instituto de Economia e do Centro de Estudos Sindicais e de Economia do Trabalho da Universidade Estadual de Campinas. Presidente do Instituto de Pesquisa Econômica Aplicada (IPEA).

http://www.diplomatique.org.br/artigo.php?id=1179

Coming into her own

Slowly but surely, the president is making her mark on the government

Feb 18th 2012 | SÃO PAULO | from the print edition

DURING her first year as Brazil’s president, Dilma Rousseff was careful not to make changes so big that they might be seen as a rebuke to Luiz Inácio Lula da Silva, her predecessor and patron. She waited to replace the pork-barrel ministers she inherited from him until corruption charges against them became overwhelming, and implemented only limited reforms. Many pundits expected that in 2012 she would take advantage of the quiet period between Christmas and Carnival in February to be more ambitious—only to be disappointed by yet more incrementalism.

Yet even as the president has eschewed bold gestures, she has progressively emerged from Lula’s shadow to recast the Brazilian state in her own likeness. A year into her term, Ms Rousseff’s administration is firmer in its principles, more technocratic, more personally loyal, and far more female than was Lula’s. It remains to be seen whether those changes will make her more able than Lula was to push through the structural reforms Brazil needs.

Ms Rousseff owed her electoral victory in 2010 entirely to Lula, who tapped her as his successor. In turn, he owed his popularity to Brazil’s rapid economic growth in his second term and to social programmes that helped to reduce poverty and inequality. However, Lula was a consummate dealmaker and pragmatist, who, like many Brazilian presidents, bought loyalty by doling out government jobs and pork. Most of the economic reforms that underlay the growth during his presidency were the work of his predecessor.

After taking office, Ms Rousseff kept many of Lula’s ministers in place rather than putting her own people in charge. She has since dismissed seven who faced claims of graft, often after defending them at first. Most were succeeded by her personal choices, but pragmatism sometimes prevailed. Mário Negromonte, booted out of the cities ministry earlier this month, was replaced by his party’s boss, Aguinaldo Ribeiro, who was already facing allegations of corruption as he was sworn in.

During Ms Rousseff’s first year only one big reform, which released the government from some constitutional spending obligations, made it through Congress. Getting anything done in Brasília is a slow business, requiring tortuous negotiations with coalition partners. Her freedom of manoeuvre was further limited by her inexperience and political debts to the allies who helped get her elected.

But Ms Rousseff’s presidency cannot be written off yet: a strong case can be made that she is laying the groundwork for a more ambitious agenda. Many of her appointments would have seemed out of place under Lula. Eleonora Menicucci, the new minister of women’s affairs, is a professor of public health who has been close to the president since they shared a jail cell during Brazil’s dictatorship. Ms Rousseff also named Marco Antonio Raupp, a respected physicist, as science minister when his predecessor switched jobs.

Her appointment of Maria das Graças Foster to the top job at Petrobras, the state-controlled oil firm, is particularly striking. An engineer who has worked for Petrobras for 31 years, Ms Foster expressed her “gratitude and unconditional loyalty” to Ms Rousseff when she moved up on February 13th. That may not have suited minority shareholders, but her experience more than compensated. Petrobras’s share price rose when her name was announced.

With the reshuffle behind her, Ms Rousseff will now push on with her programme. Though she has had little luck in Congress so far, she has proposed pension reform, rules to stop deforestation, and a deal on dividing the proceeds from offshore oil between states and the federal government. And she is haranguing her cabinet on the use of performance targets and the importance of decent public services for voters on moderate incomes.

Brazil has so far weathered the global economic storm fairly well. After hectic growth in 2010, the economy is thought to have grown by 3% last year, owing to a third-quarter slowdown. An overvalued currency means exporters will struggle. But interest-rate cuts should rekindle domestic demand. Economists predict expansion of 3-4% this year.

Meanwhile, recent polls put Ms Rousseff’s approval rating at 59%, a ten-point rise since the middle of last year. That could embolden her to cull her unwieldy coalition. Seven parties are represented in the cabinet, and the opposition has a mere 91 representatives out of 513 in the lower house. Divesting herself of her most troublesome nominal allies would help to strengthen the president while reminding the rest who is boss.

http://www.economist.com/node/21547856

UEL 2011

35) Leia o texto a seguir.
O empresário Ruppert Murdoch, dono do império de mídia News Corporation e conhecido pelas ideias conservadoras, disse ontem que o presidente Luiz Inácio Lula da Silva é discípulo de Margareth Tatcher, premiê
britânica do fim dos anos 70 até o início dos 90 e conhecida como “a dama de ferro.”
(Folha de S. Paulo, B8, Mercado, 22 out. 2010: Lula é discípulo de Thatcher, diz Murdoch.)
 
Com base no texto e nos conhecimentos sobre o tatcherismo, é correto afirmar:
a) O que aproxima os governos Lula daqueles de Margareth Tatcher é a incorporação, por ambos, das políticas de Estado mínimo, incrementando, assim, as práticas de welfare-state.
b) Os governos Lula e Margareth Tatcher possuem, como pontos comuns, o maior poder atribuído aos sindicatos, razão pela qual, nestes governos, o controle da economia esteve nas mãos do que se convencionou chamar de “república sindicalista”.
c) O tatcherismo representou a implementação, em território britânico, de políticas denominadas neoliberais,
assentadas nos princípios da privatização das empresas e flexibilização das leis trabalhistas.
d) A base de ambos os governos foram as limitações à liberdade de expressão, práticas adotas nos antigos países do extinto bloco soviético, o que, no caso inglês, rendeu a Tatcher a denominação de “a dama de ferro”.
e) Assim como o tatcherismo, o lulismo incorporou o princípio neoliberal de controle dos setores populares mediante a ampliação dos programas de assistência às famílias mais carentes.

 

resposta: C

UEL 2011

27) O Bolsa Família tornou-se um dos principais programas sociais dos dois governos do presidente Lula.
Com base nos conhecimentos sobre o Bolsa Família no Brasil, é correto afirmar:
I. O solidarismo social presente em países de capitalismo avançado alinha-se como um dos princípios norteadores do Programa Bolsa Família.
II. O Programa Bolsa Família atende, com seus benefícios, os estratos da população que, de acordo com o
Banco Mundial, estão abaixo da linha da pobreza.
III. A consequência direta do Programa Bolsa Família foi o maior empobrecimento da classe média para beneficiar os miseráveis.
IV. O Programa Bolsa Família tornou a economia brasileira menos competitiva no mercado mundial, ao desobrigar os pobres de lutarem por emprego e competirem entre si dentro dos espaços de trabalho.

 

Assinale a alternativa correta.
a) Somente as afirmativas I e II são corretas.
b) Somente as afirmativas I e III são corretas.
c) Somente as afirmativas III e IV são corretas.
d) Somente as afirmativas I, II e IV são corretas.
e) Somente as afirmativas II, III e IV são corretas.

 

resposta: A

 

Entre a cordialidade e o servilismo!

Felizmente parece que o governo se deu conta da necessidade de que a taxa SELIC seja reduzida. Mas causa estranheza o anúncio público que tenta condicionar a possibilidade de baixar os juros ao aumento do superávit primário. É só mesmo prá confundir!

Paulo Kliass

Data: 01/09/2011

Tá certo, eu sei que existe muita polêmica acerca das possíveis interpretações sobre a proposição de Sérgio Buarque de Holanda quanto à natureza cordial do jeito brasileiro de ser. Mas o fato é que há elementos de ordem sociológica e cultural que parecem comprovar esse nosso lado de sempre querer agradar, de ser o bonzinho. Nelson Rodrigues falava do complexo de vira-lata e muitas vezes nos deixamos flagrar por uma conduta que se encaixa bem nessa expressão.

Por outro lado, é amplamente conhecido o fato de que nossas elites guardaram, desde sempre, uma postura servilista face aos interesses e as pressões das elites dos países do chamado “centro do mundo”. E essa forma de encarar a nossa posição nas relações internacionais continua muito presente até os tempos recentes. Uma citação em qualquer revista ou jornal dos Estados Unidos ou da Europa é considerada como muito mais importante do que qualquer outro meio de comunicação daqui de dentro. E as observações ali contidas devem ser levadas “a sério”! Muitas vezes confunde-se o necessário ”aprender com a experiência internacional” com simples e vulgar “copiar os caminhos e os modelos” adotados pelos países que maior influência exercem sobre nossas classes dominantes.

E esse tipo de subserviência vale para as esferas da cultura, da política, da sociologia e, principalmente, da economia. Nesse último domínio, então, a coisa é terrível! E um elemento que agrava as conseqüências é que pegamos o mau exemplo a seguir com uma defasagem temporal – uma cópia pirata mal feita, no momento inadequado. É o velho problema de querer ser mais realista do que o rei! E a história recente está cheia de fatos. Os sucessivos acordos com os organismos internacionais (Fundo Monetário Internacional – FMI e Banco Munidial – BM) desde os anos 80, a aceitação dos modelos de ajuste macro-eocnômico incluindo privatização e liberalização irresponsável da nossa economia, a abertura sem controle de nosso sistema financeiro e nossa conta de capitais aos operadores do resto do mundo, entre outros.

Do passado recente, o caso mais emblemático foi, sem dúvida alguma, a decisão anunciada pelo governo em 2003, logo depois da posse de Lula. O Ministro Palocci veio a público, sem que houvesse nenhuma pressão a exigir uma medida dessa natureza, anunciar a boa vontade do Brasil em assegurar o pagamento dos juros e serviço da dívida pública. Para tanto, anuncia, em cerimônia de muita pompa, a elevação unilateral do superávit primário de 3,75% para 4,25% do PIB. Um exemplo de bom mocismo para o mundo das finanças! Nesse mesmo momento, por exemplo, a nossa vizinha Argentina estava em pleno processo de renegociação de sua dívida externa e chegou a entrar em “default” (termo do financês para o não pagamento de um compromisso financeiro) até que os credores externos aceitaram uma redução do valor nominal da dívida. Já os nossos neo-convertidos à responsabilidade fiscal do Planalto Central acusavam o falecido presidente Kirchner de demagogia e populismo. No entanto, o futuro mostrou o acerto da via adotada por ele. O catastrofismo não colou. Apesar da negociação dura dos “hermanos” e da perda imposta aos credores espalhados pelo mundo, o capital internacional não deixou de se dirigir para aquele país. Muito pelo contrário!

Pois bem, parece que as raízes da cordialidade e do servilismo são mais profundas do que se imaginava. A tradição continua firme e forte.

Na semana passada muita gente se animou com a disposição da Presidenta Dilma em – finalmente! – receber as centrais sindicais e as entidades do movimento pela reforma agrária. Afinal, já havia muita reclamação de que ela estava com seus ouvidos mais voltados para o capital (em especial, o financeiro) e pouco sensível às demandas dos trabalhadores. Porém, parece que o otimismo durou pouco. A grande surpresa foi a natureza do anúncio mais importante do encontro: péssimas notícias para o País e para a maioria da população.

Dilma anunciou em alto e bom tom, para quem quisesse ouvir: o governo vai aumentar, ainda mais, a meta do superávit primário de 3% para 3,5% do PIB para o ano em curso! Uma loucura! Não bastasse a previsão de pagamento superior a R$ 200 bilhões de recursos públicos para pagamento de juros da dívida pública, a Presidenta anuncia que vai reservar ainda mais valores do Orçamento para essa destinação estéril do gasto público. E ainda tem a desfaçatez de chamar isso de “responsabilidade fiscal”!

Seja por estar mal assessorada no assunto, seja por estar mesmo com segundas intenções, o fato é que a proposta de Dilma não se sustenta nem mesmo de acordo com os argumentos apresentados até agora. Senão, vejamos. O governo apresentou três razões para tal decisão: i) a necessidade de apresentar uma postura de responsabilidade no trato da questão fiscal; ii) abrir espaço para redução da taxa de juros no Brasil; iii) evitar que a crise nos países desenvolvidos afete ainda mais nossa economia. Então, vamos lá, analisando um por um.

Superávit primário, recordemos, nada mais é do que um eufemismo (ou uma enganação) do economês para dizer que todas as despesas públicas são iguais, mas para lembrar que algumas são mais iguais do que outras. Uma situação de equilíbrio fiscal faz referência a alguma forma de igualdade entre o total arrecadado pelo Estado e o total de suas despesas. Numa situação de superávit, as receitas são maiores que as despesas e o Estado pode dispor de mais recursos para, por exemplo, realizar investimentos não previstos. O pulo do gato veio com a criação desse conceito de “superávit primário”. Nesse caso, todo o esforço fiscal vai ser realizado para preservar apenas um tipo de despesa: os gastos financeiros, com o pagamento de juros da dívida pública. Ou seja, os demais gastos (pessoal, saúde, educação, investimentos, etc) são contidos e apenas os gastos com juros permanecem “imexíveis”.

Ora, parece estranho aparecerem de novo com o discurso encomendado da seriedade no trato da questão fiscal, quando o Estado esteve justamente com uma política de redução de arrecadação, em função das isenções e deduções concedidas às empresas e ao capital em geral ao longo dos últimos 3 anos. Aliás, essa foi uma das medidas acertadas para evitar o aprofundamento da crise por aqui, desde o seu recrudescimento em 2008. Mas parece que não se consegue sair da lógica viciada dos interesses das classes dominantes. Cortam-se as receitas por meio da isenção de impostos devidos pelas empresas e depois repassam a conta da “necessária responsabilidade fiscal” à maioria da sociedade por meio de cortes na previdência social, nas áreas sociais e nos investimentos. Seriedade na condução da contabilidade pública? Estamos todos de acordo. Porém, que tal começarmos a reduzir despesas inúteis, como os gastos com a dívida pública? Nesse caso, o caminho é justamente o oposto do praticado desde há muito e anunciado agora outra vez: é necessário reduzir o superávit primário e aumentar os gastos com investimento público!

E ainda no campo da arrecadação, a cordialidade e o servilismo tupiniquins poderiam bem se espelhar um pouco na postura das elites de alguns dos países tão levados em conta. O triliardário norte-americano Warren Buffet acaba de declarar publicamente ser favorável à taxação sobre as grandes fortunas como sendo uma forma de contribuição dos muito ricos para a saída da crise. E o ultraconservador Presidente Sarkozy acabou de aprovar um aumento no Imposto das Grandes Fortunas na França, com o mesmo intento. Por mais que se possa discutir a respeito das verdadeiras intenções por trás das iniciativas de tais personalidades do mundo da política e das finanças, no mínimo elas poderiam servir como argumento para implementar algo similar aqui em nossas terras. A Constituição Federal aguarda desde 1988 pela regulamentação do artigo 153, que cria o Imposto sobre as Grandes Fortunas! Haja espírito cordial e de subserviência!

Felizmente parece que o governo se deu conta da necessidade de que a taxa SELIC seja reduzida. Mas causa estranheza o anúncio público que tenta condicionar a possibilidade de baixar os juros ao aumento do superávit primário. É só mesmo prá confundir! Ora, o governo pode decidir baixar os juros na hora que quiser. Basta vontade política! Porém, até agora a postura sempre tem sido de cordialidade e servilismo com o capital financeiro. A Presidenta da República é quem nomeia os integrantes do COPOM (diretoria do BC). Ora se a preocupação (mais do que justificada, diga-se de passagem!) é evitar uma elevação descontrolada do consumo e as possíveis pressões inflacionárias, o Banco Central tem à sua disposição outros instrumentos, a exemplo da elevação do depósito compulsório dos bancos [1] . Provoca o mesmo efeito de reduzir a demanda e não tem o altíssimo custo do pagamento de juros. Os únicos prejudicados serão as instituições financeiras, que reduzirão seus ganhos fáceis e sem risco de mamar nas tetas abundantes do Tesouro Nacional.

Ou então, os responsáveis pela economia estão envergonhados de dizer publicamente que mudaram de idéia. E agora acham que a razão de nossa taxa de juros ser elevada é porque nossa dívida pública é grande e que o esforço de política econômica deve ser toda para reduzir a dívida. Essa é outra falácia do discurso liberal, mas que saiu de moda nos últimos anos, em razão da crise generalizada pelo mundo ter mostrado que a realidade é bem mais complexa que seus “modelitos” possam sugerir. É claro que a taxa de juros de um país sempre guarda alguma relação com o risco de se emprestar para aquele Tesouro – por exemplo, comprando títulos da sua dívida. Mas isso não tem nada a ver com o Brasil ostentar taxas estratosféricas há décadas, mesmo depois de muita gente já ter festejado nossa cotação como “investment grade” pelas agências de risco internacional. Podemos baixar nossa SELIC para níveis de 6% ao ano sem problemas – e ainda assim estaremos na lista dos “top ten” mais altos. Reduzimos os juros e ainda ganhamos como bônus da operação a desistência de uma boa parcela do capital especulativo que vem para cá. Com isso, a taxa de câmbio pode ficar num nível mais realista e haverá uma queda nas despesas financeiras do orçamento. Ou seja, basta não querer ser tão cordial assim, bem como recuar um pouco na taxa de servilismo ao capital financeiro internacional. Só teremos a ganhar com isso.

O terceiro argumento fala da necessidade de se evitar que a crise internacional nos afete de forma negativa. Perfeito! Ninguém quer que sejamos prejudicados pela recessão nos Estados Unidos e na Europa, com suas repercussões sobre a China, Índia e demais países de peso na cena mundial. Mas o que isso tem a ver com o aumento do superávit primário? Nada ou muito pouco! Muito pelo contrário! A solução passa pelo reforço do mercado interno, com a recuperação da capacidade de investimento do Estado e pela manutenção do nível de renda por meio de programas importantes como o salário mínimo, benefícios da previdência social, Bolsa Família e demais projetos na área social. E como os recursos orçamentários são finitos, a escolha deve recair sobre a redução das despesas com juros. Além disso, por via indireta, a redução da SELIC permite trazer a taxa de câmbio a níveis menos fantasiosos, com o fim dessa valorização artificial atualmente em vigor. Com uma desvalorização no real, as exportações ficam estimuladas e as importações ficam mais responsáveis. Ou seja, aponta-se no caminho inverso da atual tendência à desindustrialização. Essa é forma de evitar um contágio negativo da crise externa sobre nós.

E me despeço aqui com uma frase de Paul Krugman, economista que pode ser acusado de tudo, menos de ser esquerdista ou sonhador. Escreveu ele recentemente: “Logicamente, os suspeitos habituais chamaram essas ideias de irresponsáveis. Mas eles sabem o que é, de fato, irresponsável? Sequestrar o debate sobre a crise para conseguir as mesmas coisas que defendiam antes da crise, e deixar que a economia siga sangrando.” [2]

[1] http://www.cartamaior.com.br/templates/colunaMostrar.cfm?coluna_id=4896

[2] http://www.cartamaior.com.br/templates/materiaMostrar.cfm?materia_id=18253

Paulo Kliass é Especialista em Políticas Públicas e Gestão Governamental, carreira do governo federal e doutor em Economia pela Universidade de Paris 10.

UEL 2008

34) Observe o gráfico a seguir:
 
(Desigualdade, Estabilidade e Bem-Estar Social, Marcelo Neri, 2006.)

 

Com base no gráfico e nos conhecimentos sobre o período, assinale a alternativa correta.
a) Do penúltimo ano do segundo mandato do presidente Fernando Henrique Cardoso em diante, observa-se uma diminuição na concentração de renda, com uma redução contínua na diferença de renda entre os 10% mais ricos e os
50% mais pobres.
b) Entre o ano subseqüente ao lançamento do Plano Real e o ano da primeira eleição do presidente Lula, houve uma redução na renda dos 50% mais pobres e um aumento na renda dos 10% mais ricos.
c) Durante o mandato do presidente Fernando Henrique Cardoso, aumentou em aproximadamente 3% a diferença entre a renda dos 10% mais ricos e os 50% mais pobres.
d) Houve uma maior distribuição de renda no Brasil no período que compreende o ano anterior ao lançamento do Plano Real e o ano subseqüente, com redução na distância entre os 10% mais ricos e os 50% mais pobres.
e) Durante o primeiro mandato do presidente Lula, houve uma elevação média aproximada de 1,5% na renda dos 10% mais ricos da população e uma redução média aproximada de 1,5% na renda dos 50% mais pobres.
resposta: A

UEL 2005

24- “Luiz Ignácio Lula da Silva é o 21º presidente a governar o
Brasil desde que Getúlio Vargas se suicidou, há cinqüenta
anos, em meio a uma turbulenta crise política. Getúlio
assombrou, de uma forma ou de outra, todos eles. Para
muitos, governar significou usar as instituições e modelos
que, implementados por Vargas na década de 30,
fundaram o Brasil moderno. Após Fernando Collor (1990-
1992), parte do trabalho dos governantes é tentar
desmontar o que se convencionou chamar de a herança
da ‘era Vargas’”. (Folha de São Paulo, São Paulo, 22 ago.
2004. Caderno Especial, p. A 1.)
Assinale a alternativa que apresenta características da
“herança da era Vargas”, combatidas por esses
governos a partir da década de 1990.
a) Desequilíbrio entre os três poderes, instaurado por Getúlio
Vargas, quando, munido da Constituição de 1937, atribuiu
ao Executivo direitos absolutos de comando.
b) Traços de forte liberalização, que visam restringir a
regulação e a intervenção estatal na economia; legislação
trabalhista acentuadamente flexível, ancorada,
principalmente, na negociação direta entre trabalhadores
e empresários.
c) Caráter “entreguista”, marca do governo Vargas,
manifestado na política econômica que busca atender às
demandas do mercado interno através de importações
crescentes.
d) Presença de órgãos de fiscalização à imprensa, como o
DIP – Departamento de Imprensa e Propaganda –
responsáveis por monitorar e censurar os meios de
comunicação.
e) Presença expressiva do Estado na economia,
especialmente por meio de empresas estatais; legislação
trabalhista minuciosa e corporativista.
resposta: E

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